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El rico patrimonio cultural de Corea es una fusión de tradiciones antiguas y creatividad contemporánea. Influenciada por el confucianismo y el budismo, la sociedad coreana ha valorado siempre la cortesía, la familia y la comunidad como principios sociales fundamentales.

Sin embargo, hoy en día este fundamento tradicional enfrenta desafíos cada vez mayores, como las tensiones entre generaciones, la disminución de la tasa de natalidad y la persistente división de la península coreana. Además, aunque la Iglesia coreana ha experimentado un rápido crecimiento desde finales del siglo XVIII, una gran parte de la población se identifica como no religiosa, presentando a los coreanos católicos el desafío de vivir su fe en un entorno cultural complejo y diverso.

Esta realidad impulsa a la Iglesia a practicar un amor que trascienda la religión y a tender puentes para la paz. El 22 de febrero de 1993, san Juan Pablo II expresó a Park Noyoung, nuevo embajador de la República de Corea ante la Santa Sede, su profundo respeto por la misión y la dedicación de la Iglesia coreana en favor del “amor y la paz”.

Sé muy bien cuánto anhelan los católicos coreanos construir una sociedad fundada en los cimientos sólidos de la justicia y el respeto a la dignidad humana. Procuran cooperar con personas de diferente creencia religiosa y con todos los hombres de buena voluntad en la gran causa de la construcción de puentes de comprensión, de estima mutua y de iniciativas comunes en el ordenamiento pacífico de la vida de su país y del mundo, de modo que incluso las diferencias más profundas en los puntos de vista y en las convicciones no sean necesariamente un obstáculo para la paz. Como creyentes, saben que la paz es un don divino que hay que implorar; por eso oran incesantemente por la reunificación de su país, como respuesta a las aspiraciones más profundas del corazón coreano.

En la península coreana, aún dividida por la ideología y la historia, la Iglesia coreana actúa como un puente de amor, promoviendo la construcción de una cultura de paz. Los peregrinos que lleguen a la Jornada Mundial de la Juventud Seúl 2027 podrán experimentar un mosaico de vivencias culturales, históricas y espirituales, donde tradición y modernidad conviven armoniosamente. Aquí, la misión de la Iglesia en verdad, amor y paz se desplegará acompañada de una esperanza inquebrantable, guiando a todos hacia la reconciliación y la armonía.